El reloj atado a mi muñeca, exclavo servidor que cruelmente me exclaviza, mide mi tiempo de trabajo en segundos, el tiempo que paso en casa en minutos y el tiempo que paso en las calles en horas. Por ello, yo, humilde servidora de su inevitable correr, he comprobado que se necesitan más unidades de tiempo cuando se está trabajando que cuando se va por las calles de la ciudad, y sigo buscando el porqué de esta injusticia, y la comparo con esa regla, casi tan recta como temida fue hace ya en los colegios, que mide las distancias cortas en centímetros y milímetros. Y a veces, se me hace corta y busco a su hermana mayor, la cinta métrica, que lo hace en metros, e incluso necesito a papá, el cuentakilómetros del coche. Pero no hay respuesta. No hay medida para las crueldades de la lógica humana.
Y entonces pienso, que debo ser más especial de lo creo, porque mido la distancia que nos separa con la ausencia de llamadas, con los ya nos veremos no cumplidos y comparo, como me enseñaron en la escuela, la cinta milimetrada con el tiempo que paso sin verte, mientras desde cerca, la botella mide el litros el agua que mana de la fuente soledad en un minuto.
Sin pensarlo, recuerdo aquello que me dijeron en la escuela, sabes, aquello de que un litro era un kilo y pienso: ¿cuántas toneladas de reproches me han regalado? ¿Cuántos kilos de ignorarme me han enviado?
Y entonces caigo en la cuenta, en la escuela no me enseñaron a medir la frustación, ni la tristeza, ni la desesperación. No, no me lo enseñaron.
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1 comentario:
No... en el colegio no nos enseñaron nada de eso ..
Nos "obligaron" a dejar nuetra parte niña, ingenua y libre, por decirlo de alguna manera.
En nuetra mano está proporcionarnos a nosotros mismo lo que queremos de nosotros ... nuestras propias medidas.
Un beso y bienvenida a blogger.
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