lunes, 5 de mayo de 2008

Unidades de medida. (Repaso de las lecciones del colegio)

El reloj atado a mi muñeca, exclavo servidor que cruelmente me exclaviza, mide mi tiempo de trabajo en segundos, el tiempo que paso en casa en minutos y el tiempo que paso en las calles en horas. Por ello, yo, humilde servidora de su inevitable correr, he comprobado que se necesitan más unidades de tiempo cuando se está trabajando que cuando se va por las calles de la ciudad, y sigo buscando el porqué de esta injusticia, y la comparo con esa regla, casi tan recta como temida fue hace ya en los colegios, que mide las distancias cortas en centímetros y milímetros. Y a veces, se me hace corta y busco a su hermana mayor, la cinta métrica, que lo hace en metros, e incluso necesito a papá, el cuentakilómetros del coche. Pero no hay respuesta. No hay medida para las crueldades de la lógica humana.
Y entonces pienso, que debo ser más especial de lo creo, porque mido la distancia que nos separa con la ausencia de llamadas, con los ya nos veremos no cumplidos y comparo, como me enseñaron en la escuela, la cinta milimetrada con el tiempo que paso sin verte, mientras desde cerca, la botella mide el litros el agua que mana de la fuente soledad en un minuto.
Sin pensarlo, recuerdo aquello que me dijeron en la escuela, sabes, aquello de que un litro era un kilo y pienso: ¿cuántas toneladas de reproches me han regalado? ¿Cuántos kilos de ignorarme me han enviado?
Y entonces caigo en la cuenta, en la escuela no me enseñaron a medir la frustación, ni la tristeza, ni la desesperación. No, no me lo enseñaron.

domingo, 4 de mayo de 2008

Sé tú mi referente.

Nos encontramos el jueves, más allá de la Fuente del Avellano, ¿recuerdas? Tenía miedo. Miedo del mundo, de que los grupos de turistas me descubriesen, miedo a pisar un camino por primera vez, a no tener un rumbo fijo, a perderme, a todo lo desconocido y tenía miedo a estar sola. Y de repente, sin previo aviso, saliste, altiva, de entre las zarzas secas que quedaban en la orilla de la vereda, erguida, con tu flor al frente, como estandarte sangriento de guerra alzado en el fragor de la batalla. No temiste a sus brazos enmarañados ni a las espinas que te acechaban como cuchillas. Y saliste a ver la claridad de la primavera.


Por todo ello, guíame. Enséñame a sacar el pecho en el fragor de la batalla. Desvélame el secreto de tu fortaleza, dime, ¿cómo te mantienes en pie, así, en la adversidad?



-Sé tú mi referente.-Te dije mientras buscaba el mejor ángulo desde el que retratar tu lucha.


Y cómo si de una respuesta se tratase, te sacudiste de un lado a otro, mecida por el viento, apenas levemente, sin rozar las espinas que cautiva te tenían, justo en el momento en el que apreté el obturador.



jueves, 1 de mayo de 2008

Vistas de Granada.
















No son las comunes, pero existen a apenas unos minutos caminando de la parte "civilizada".